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para cada acción particular; por donde sucede que es moralmente imposible que haya tantas y tan varias disposiciones en una
máquina, que puedan hacerla obrar en todas las ocurrencias de la vida de la
manera como la razón nos hace obrar a nosotros. Ahora bien: por esos dos
medios puede conocerse también la diferencia que hay entre los hombres y los
brutos, pues es cosa muy de notar que no hay hombre, por estúpido y embobado
que esté, sin exceptuar los locos, que no sea capaz de arreglar un conjunto
de varias palabras y componer un discurso que dé a entender sus pensamientos;
y, por el contrario, no hay animal, por perfecto y felizmente dotado que
sea, que pueda hacer otro tanto. Lo cual no sucede porque a los animales les
falten órganos, pues vemos que las urracas y los loros pueden proferir, como
nosotros, palabras, y, sin embargo, no pueden, como nosotros, hablar, es
decir, dar fe de que piensan lo que dicen; en cambio los hombres que,
habiendo nacido sordos y mudos, están privados de los órganos, que a los
otros sirven para hablar, suelen inventar por sí mismos unos signos, por
donde se declaran a los que, viviendo con ellos, han conseguido aprender su
lengua. Y esto no sólo prueba que las bestias tienen menos razón que los
hombres, sino que no tienen ninguna; pues ya se ve que basta muy poca para
saber hablar; y supuesto que se advierten desigualdades entre los animales
de una misma especie, como entre los hombres, siendo unos más fáciles de
adiestrar que otros, no es de creer que un mono o un loro, que fuese de los
más perfectos en su especie, no igualara a un niño de los más estúpidos, o,
por lo menos, a un niño cuyo cerebro estuviera turbado, si no fuera que su
alma es de naturaleza totalmente diferente de la nuestra. Y no deben
confundirse las palabras con los movimientos naturales que delatan las
pasiones, los cuales pueden ser imitados por las máquinas tan bien como por
los animales, ni debe pensarse,
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como pensaron algunos
antiguos, que las bestias hablan, aunque nosotros no comprendemos su lengua;
pues si eso fuera verdad, puesto que poseen varios órganos parecidos a los
nuestros, podrían darse a entender de nosotros como de sus semejantes. Es
también muy notable cosa que, aun cuando hay varios animales que demuestran
más industria que nosotros en algunas de sus acciones, sin embargo, vemos
que esos mismos no demuestran ninguna en muchas otras; de suerte que eso que
hacen mejor que nosotros no prueba que tengan ingenio, pues, en ese caso,
tendrían más que ninguno de nosotros y harían mejor que nosotros todas las
demás cosas, sino más bien prueba que no tienen ninguno y que es la
naturaleza la que en ellos obra, por la disposición de sus órganos, como
vemos que un reloj, compuesto sólo de ruedas y resortes, puede contar las
horas y medir el tiempo más exactamente que nosotros con toda nuestra
prudencia.
Después de todo esto,
había yo descrito el alma razonable y mostrado que en manera alguna puede
seguirse de la potencia de la materia, como las otras cosas de que he
hablado, sino que ha de ser expresamente creada; y no basta que esté alojada
en el cuerpo humano, como un piloto en su navío, a no ser acaso para mover
sus miembros, sino que es necesario que esté junta y unida al cuerpo más
estrechamente, para tener sentimientos y apetitos semejantes a los nuestros
y componer así un hombre verdadero. Por lo demás, me he extendido aquí un
tanto sobre el tema del alma, porque es de los más importantes; que, después
del error de los que niegan a Dios, error que pienso haber refutado
bastantemente en lo que precede, no hay nada que más aparte a los espíritus
endebles del recto camino de la virtud, que el imaginar que el alma de los
animales es de la misma naturaleza que la nuestra, y que, por consiguiente,
nada hemos de temer ni esperar tras esta vida, como nada temen ni esperan
las moscas y
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